El voluntariado en Filipinas: la experiencia social que buscabas

Había llegado mi momento, tenía la necesidad de comenzar mi voluntariado en Filipinas, tenía la energía adecuada y los contactos necesarios para encontrar un proyecto ilusionante. Hay muchos lugares maravillosos donde la gente necesita ayuda y yo tenía mucho que entregar.

Habían pasado tres meses desde mi llegada a Manila y ya no había mucho margen. Desde las ONG’s me daban citas dilatadas en el tiempo, mi básico nivel de inglés no ayudaba a que se me abrieran puertas más cercanas, así que tras mi viaje a uno de los lugares más impresionantes que he conocido y conoceré, El Nido, decidí echar mi CV a organizaciones de corte religioso y así fue como a los dos días respondieron a mi solicitud invitándome a visitar las oficinas de una ONG a las afueras de Manila.

Tras esta visita, pasó aproximadamente una semana y un acontecimiento que conmocionó al país. En el sur, que no era lugar habitual de catástrofes naturales, hubo unas fuertes inundaciones que dejaron más de 500 personas muertas y miles de familias afectadas. Fue entonces cuando el director de la organización que me había contactado en Filipinas me dio la oportunidad de poder participar en el proyecto que llevaban conjuntamente con Unicef de WASH (agua, saneamiento e higiene) en los centros de evacuación ubicados en la ciudad de Iligan (Mindanao).

Esta experiencia cambió completamente mi norte, la propuesta de estar allí una semana se convirtió en una estancia de dos meses. Viví en una habitación de un hospital adventista, con una mochila pensada para una semana. Allí descubrí que en Filipinas una trabajadora social tiene como asignatura la atención a las víctimas de una catástrofe natural.

 

 

Pude ver de cerca qué significa, qué sucede cuando cientos de familias tienen acceso solo a una decena de inodoros, la importancia de que sea la comunidad quien elija cosas básicas como dónde y de qué forma quieren ducharse o la importancia de que sean estas familias las protagonistas de la propia limpieza de sus “nuevos” espacios donde desarrollarán sus vidas (a unas cuantas maderas con lonas o a tiendas de campaña establecidas en un campo de baloncesto, no se les puede llamar hogar).

Que nadie piense que vivir esto, para una persona que viene de ciertas comodidades en occidente, es fácil, pero sin duda más difícil es para aquellas personas que lo han perdido todo incluyendo miembros de su familia.

Es un alivio comunicaros que durante mi estancia en Iligan las experiencias positivas superaron con creces a todo lo demás. Pude hacerme amiga de mi profesora de inglés y su familia, de la enfermera que cada día veía en mi planta, de la chica que me atendía en el comedor cada mañana, de mis compañeros/as de la ONG y de otras muchas personas que fueron descubriéndome otro lado de Filipinas que hasta el momento desconocía.

Hubo trabajo en terreno, en zonas rurales ubicadas en montañas de palmerales, trabajo en los centros de evacuación, excursiones a waterfalls (cascadas), almuerzos en casas de amigos, reuniones con occidentales expertos en catástrofes naturales pertenecientes a diferentes organismos internacionales, rafting, visitas a islas de ensueño como Camiguín y un sinfín de  aventuras y vivencias imposibles de plasmar en unas líneas.

Tener la oportunidad de combinar el voluntariado con descubrir rincones paradisíacos del entorno donde vives y la vez integrarte con las comunidades locales, es una experiencia que todos deberíamos tener alguna vez en la vida.

Con lo que sí puedo concluir es que, si hubo un sentimiento que imperara en mi relación con el pueblo filipino que allí encontré fue la sensación infinita de agradecimiento. Me sentí totalmente cuidada, acompañada y acogida porque por poco que aportara yo, siempre era valorada mi simple presencia, mi simple interés por lo que allí había acontecido, mi simple persona.

Hubo además un nuevo proyecto que me hizo viajar durante mi periplo en Iligan. Una de las organizaciones con la que había contactado antes de viajar a Mindanao, Kalipay Negrense Foundation, respondió a mi solicitud y aunque me encontraba ya involucrada en el otro voluntariado, decidieron invitarme a conocer su fundación. Cubrieron mi estancia durante varios días en la Isla de Negros Occidental y así fue como pude visitar diferentes proyectos que llevaban a cabo con niños y niñas huérfanos.

En Filipinas, el Estado no tiene centros de menores y son las ONG’s las que se ocupan de dar cobertura a una parte de la población infantil que se encuentra en total desamparo y desprotección. Increíble la labor de esta organización, totalmente conmovedora e infinitamente necesaria. En lugares como este, te das de bruces con duras realidades sociales, niños que han sufrido mucho en sus cortas vidas, aunque esa herida que se te abre es aliviada cuando ves que en estos centros sus vidas cobran dignidad, consiguen volver a jugar y te regalan una sonrisa apenas pisas esa casa que se ha convertido en su mejor hogar.

Con lágrimas en los ojos y la sensación en el corazón de haber dejado a una familia a la que difícilmente volvería a ver, mi etapa en Iligan terminó y con ella una de las experiencias más increíbles que he vivido hasta el día de hoy. Haber vivido esto me dio fuerzas para todo lo que estaba por llegar.

Este tipo de vivencias te obligan a entender la vida de otra forma, a vivirla y disfrutarla sin miedos, a lanzarte a  por aquello a lo que temes sin quedarte anclada en tus supuestas limitaciones personales.

Esta sensación de empoderamiento empapado de libertad, me llevó a viajar sola por el país, a descubrir los tiburones ballena de Legazpi, las terrazas de arroz en Banaue, la ciudad que fue colonia española llamada Vigan, a cruzar en autobús medio país durante más de 16 horas… a conectarme conmigo y con lo que me rodeaba, a confiar en el pueblo filipino, a encontrar a gente que me acogía en cada rincón del país que visitaba, en definitiva a disfrutar de la suerte que supone el hecho de haber nacido en una familia de clase media de España.

Filipinas me demostró que, si tienes tus necesidades básicas cubiertas y gente que de verdad te quiera, poco más te hace falta en la vida para ser feliz.

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